EL RELOJERO DEL REINO. (Cuento para pensar).
Hace mucho tiempo, en un país muy lejano, había un reino muy poderoso gobernado por un Rey, famoso por su buen gusto y elegancia. Este Rey tenía en su Corte a un relojero, el cual fabricaba y reparaba como nadie los relojes de todos los reinos cercanos, la fama de los relojes del relojero del reino, era casi tan importante como el reino mismo, pero al Rey lejos de molestarle, muy al contrario, se sentía orgulloso de tener a tan buen relojero en su Corte.
El relojero a su vez tenía varios empleados que trabajaban para el, todos ellos eran buenos y aplicados, cada uno en su técnica, pero destacaba uno especialmente por su perfección, el pulidor de cristales. La calidad, transparencia y brillo que conseguía dar a los cristales de los relojes era exquisita, nadie la superaba, nadie daba un toque de perfección tan bueno a los cristales como Omar.
Un día el relojero, que era un poco ambicioso, pensó, si Omar es capaz de pulir mejor que nadie los relojes, tiene que ser también el mejor en otros menesteres, y dicho y hecho, un día habló con Omar y le dijo:
- Omar, ¿tu sabes que estoy muy contento con tu trabajo verdad?
- Sí señor. - respondió Omar -
- Pues voy a hacer de ti alguien muy importante. – sentenció el relojero –
- Yo señor, soy humilde como sabéis, pero soy feliz haciendo lo que hago y viviendo como vivo.
- Paparruchas, paparruchas, tu vales mucho más que para pulir cristales de relojes, eso lo hace cualquiera, a partir de ahora engarzarás brillantes en los relojes, que es un trabajo mucho más delicado y vistoso.
- Pero señor, yo, yo… yo no sé engarzar brillantes, yo solo sé pulir cristales, y creo que eso lo hago bien. Además yo soy muy feliz dejando los cristales transparentes, tanto tanto, que a veces dudo yo mismo de que exista el cristal.
- Paparruchas, paparruchas, -insistió el relojero- a partir de mañana aprenderás a engarzar brillantes y diamantes y rubíes, todo, todo lo que nos encarguen.
Omar esa noche no durmió apenas nada, estuvo toda la noche pensando en lo mal que lo iba a pasar engarzando brillantes a los relojes, pues era una tarea que no había hecho nunca, y pensaba con tristeza en sus cristales y lo bien que los pulía. No entendía por qué el relojero le retiraba de la tarea que mejor realizaba y que más le gustaba.
Omar, resignado, se levantó pensando que quizá todo había sido un mal sueño, pero pensando a la vez, que si no lo fue, tendría que aprender a engarzar brillantes, que aprendería y que llegaría a ser el mejor engarzador de piedras preciosas de todos los reinos. Con este buen ánimo de llegar a ser un engarzador casi tan bueno como lo fue puliendo cristales, se dirigió a su trabajo.
Efectivamente, cuando llegó tenia preparado un nuevo sitio, con nuevas herramientas y un compañero maestro engarzador al cual también el relojero había obligado a que enseñase el oficio a Omar.
- Nunca llegarás a ser un buen engarzador, ser engarzador de joyas no es ser pulidor. – dijo malhumorado el maestro engarzador -
- Ya lo sé –respondió Omar con humildad- Si yo no quería, yo era feliz siendo pulidor de cristales.
- Lo se, lo sé y eso te salva de un mamporro, se que estás obligado a aprender al igual que yo a enseñarte, solo por eso no te guardo rencor y te enseñaré bien el oficio de engarzador. Pero no creas que es fácil no, será duro y quizá nunca llegues a ser tan bueno como yo. – le replicó, ahora con amabilidad el maestro engarzador-
Pasaron solamente dos meses y Omar ya era un buen engarzador, tanto, tanto que su maestro le dijo:
- Eres un muchacho listo Omar, ya no tengo más que enseñarte, he de reconocer –ahora que no está el relojero- que eres mejor que yo engarzando joyas. –le reconocía con emoción su maestro-
- No diga usted eso maestro, solo soy su alumno, solo me he fijado en usted, se lo que usted me ha enseñado, si lo hago bien no es por habilidad propia, sino motivado por la buena enseñanza.
- Eres humilde y agradecido Omar, llegaras muy lejos, quizás, quizás a ser relojero.
- Gracias señor, pero yo, yo soy feliz así, con lo que tengo, engarzando piedras, es más, le confesaré que lo que más me gusta y lo que más feliz me hace es de vez en cuando, escaparme a pulir cristales de relojes. – manifestó Omar al maestro con agradable nostalgia-
Efectivamente Omar pese a la perfección y destreza que había adquirido engarzando joyas a los relojes, no era lo feliz, ni disfrutaba con su trabajo tanto como puliendo los cristales de los relojes, los cuales cuando tenía tiempo, terminaba de pulir y abrillantar pues le apenaba, que ya, el al menos lo sentía así, -y era cierto- no quedaban igual de transparentes y lustrosos que cuando lo hacía el.
Sin embargo el engarce de los brillantes a los relojes era tan perfecto y majestuoso que ocultaba que algunos de los relojes no eran pulidos sus cristales con la antigua perfección que Omar conseguía.
Así pasaron meses, hasta que un día el relojero volvió a llamar a Omar para decirle:
- Omar, he de decirte que estoy muy contento contigo, has sido mi mejor pulidor y ahora eres el mejor engarzador que he tenido, pero como las ventas aunque son buenas no crecen todo lo que yo quisiera, y como tu eres tan bueno en lo que haces, a partir de mañana cambiarás de oficio, serás mi vendedor de relojes.
- Pero señor, yo, yo, yo no se vender, no tengo ni idea, yo siempre he estado en el taller, ni conozco el mostrador, ni la calle, no tengo oficio, me da miedo, además usted mismo lo ha dicho, yo hago bien lo que hago, ¿por qué cambiar?.
El ambicioso relojero apenas le atendió en sus palabras y le replico de mal modo, pensando únicamente en que con Omar de vendedor sus ingresos se multiplicarían por mil, así que simplemente le contesto:
- Paparruchas, paparruchas, a partir de mañana aprenderás a ser vendedor de relojes.
- Pero señor yo, yo, yo…
- Hasta mañana pues. – finalizó la conversación el relojero-
Aquella noche Omar no durmió ni un minuto, dando vueltas y más vueltas a que él no sabría vender relojes, y que por qué motivo tanto cambio, pues no entendía como haciendo las cosas bien, era obligado a cambiar, no lo podía entender y esos pensamientos le atormentaban.
A la mañana siguiente se dirigió como siempre a su trabajo y allí le esperaba el relojero quien le dijo con cierta presura.
- Omar, Josue es el mejor vendedor que tengo, él te enseñara el oficio, espero que te apliques y llegues a ser como él o mejor. Josué ya me irás informando del aprendizaje de Omar.
Paso solamente un mes cuando Josué se presentó ante el relojero y le dijo:
- Señor, Omar está listo y preparado para la venta, es sin duda tan bueno o mejor que yo, desde luego es el alumno más destacado y habilidoso que nunca he tenido.
- Que bien, que bien, maravilloso, maravilloso, -voy a ser inmensamente rico, pensó- empezará a trabajar inmediatamente.
Transcurrió una semana solamente del nuevo trabajo de Omar y el relojero veía como las ventas de relojes se multiplicaba, con lo cual el avaro relojero estaba feliz.
Sin embargo Omar estaba triste, cada día más triste, no le gustaba nada vender relojes, lo hacía bien, era el mejor, pero no le gustaba, no era feliz con el oficio, hasta que un día, cuando estaba vendiendo relojes en un reino cercano, de pronto se le iluminaron los ojos y una sonrisa enorme al ver en un humilde bazar, un cartel que decía, “Se necesita aprendiz de relojero”.
Omar corrió como un rayo, se presento, solicitó el trabajo, y se quedo allí para siempre puliendo cristales de relojes, feliz muy feliz.
Dicen que su felicidad era tanta y su sonrisa tan constante, que enamoró a la bella hija del dueño del bazar, se caso con ella y fueron muy felices.
El humilde bazar es hoy una gran relojería apreciada por todos los reinos y cuentan que a su antiguo jefe, el avaro relojero, se le ve en ocasiones, muy triste reparando relojes de casa en casa.
Fin.